
Comer o ser comido, buscar pareja, nidificar, defender las crías, camuflarse, volar, trepar, correr, saltar... mirando con atención a la Naturaleza vemos que la vida burbujea activamente como si estuviera en ebullición.
No sé si serán muchos o pocos los que habrán tenido el honor de ser acogidos en casa de los Delibes, pero yo soy uno de ellos. Fuimos a Sedano, Burgos, a rodar un cortometraje documental sobre la caza del corzo con dos de los hijos del gran escritor Miguel Delibes: Juan y Adolfo. El primero dirigía Seasons (actual Caza y Pesca), de Satélite Digital, un canal de televisión dedicado a la caza, así que el documental era para él. Y el segundo fue quien dio caza al corzo.
Javier González Purroy, el productor, nos llevó a Rafael Martínez y a mí como ayudantes de cámara, pero llegamos demasiado tarde como para realizar el rodaje y volver a Pamplona en el mismo día. Los dos hermanos nos invitaron a quedarnos y nos improvisaron una humilde pero muy bien apañada cenita.
Por la mañana vimos amanecer en el campo. Las pocas veces que he acompañado a cazadores me ha sobrecogido el espectáculo que ofrece la naturaleza a esas horas, envolviéndome de aromas y aire fresco, el buen ambiente entre los cazadores, el sonido de todo tipo de animales despertando y desperezándose… Aunque me entristecía el final, la caza propiamente dicha. Pero también hay que comprender que en nuestros días apenas quedan grandes depredadores, por lo que ésta, debidamente regulada, se hace imprescindible para controlar la población de determinados animales y mantener el ecosistema en perfecto equilibrio. Este es un tema recurrente en las novelas de Miguel Delibes, el cual, por lo que pude comprobar, supo transmitir a sus hijos el amor por la naturaleza y la afición a la caza.
Eso es lo que ocurrió hace un par de semanas en nuestra ya tradicional convivencia de profesores en el valle de Belabarce, Navarra. Miguel encontró las huellas de este aterrizaje en la nieve. Por el tamaño se podría adivinar que se trataba de una corneja, Corvus corone, que no calculó bien las distancias y se hundió en la nieve antes de poder cerrar las alas. Después, con más calma, salió paseando hacia la carretera.
A parte de las huellas hay muchos otros tipos de rastros identificables que pueden dejar las aves: excrementos y egagrópilas, restos de comida picotada de determinada manera, plumas perdidas o incluso huesos una vez ya muertas… Mi mujer, Mónica, que me conoce bien, me regaló esta guía sabiendo que la guardaría como un tesoro: