
Mi sueño fotográfico había nacido dos años antes, al comprender que siempre es mejor fotografiar un animal que llevártelo a casa. Mientras juntaba el dinero necesario fui leyendo algún manual de fotografía que teníamos en casa. Pronto supe que para sacar fotos de animales hace falta una cámara de tipo réflex y, por lo menos, un teleobjetivo corto. Una vez comprada la cámara podría practicar y aprender mientras ahorraba para el teleobjetivo, a la vez que mi madre respiraba tranquila sin el temor de encontrarse una lagartija trepando por la pared o un murciélago sobrevolando el salón.
La OM-10 es una máquina casi totalmente manual, salvo la velocidad de obturación que es automática según la abertura de diafragma que se elija. Aprendí mucho con este aparato, sobre todo porque al andar escaso de presupuesto para carretes y revelado, estudiaba todas las variables antes de disparar. Esta minuciosidad la puse en práctica desde la primera foto. Aunque en realidad no la tomé yo.
Iba a estrenar la cámara durante las vacaciones de verano en Huesca. Mis padres y mi hermano esperaban pacientemente delante del monumento de las Pajaritas mientras yo cargaba el carrete y me entretenía midiendo la luz y buscando el mejor encuadre posible. Iba a ser mi primera foto. Pero en cuanto puse el dedo sobre el disparador un señor muy amable se ofreció a sacárnosla a toda la familia juntos. Y por no ser descortés…